Piense en una frase célebre de su obra favorita. O en el título de cualquier libro, revista o documento jamás publicado. Ahora, encienda la pantalla de su ordenador, conéctese a internet, escríbalo en el rectangulito de su buscador de cabecera y... ¿cómo? ¿seguro que no está? Pues no desespere porque falta bien poco. La carrera hacia la digitalización masiva del conocimiento es imparable. Pero, ¿quién debe liderarla? Una vez más, Google se ha puesto a la cabeza de un pelotón que secundan gobiernos, editores, bibliotecas y universidades de medio mundo. En su indisimulada ambición de condensar toda la información en su servidor, el gigante californiano ha puesto en marcha varios proyectos de digitalización reunidos en uno: Google Books. Un servicio que nace con el afán de convertirse en la versión moderna de la Biblioteca de Alejandría pero que, romanticismos aparte, cuenta con cientos de detractores y un sinfín de barreras jurídico-legales. El último, el Departamento de Justicia de EE.UU., que ha advertido contra la posibilidad de que Google esté incurriendo en prácticas monopolísticas.
menéame